martes, 6 de marzo de 2012

Caer, levantarse… emprender

(PL 70) EDITORIAL. Edito70.doc. Manuel Domene. Palabras: 636

Todas las escuelas de negocios y carreras de administración de empresas imparten una materia que denominan “Emprendeduría”, un ‘arte’ que puede aprenderse, aunque conviene llevar dentro el germen. No hace falta insinuar la necesidad que tiene nuestro país de emprendedores, único modo de crear riqueza y conseguir, así, absorber una bolsa de paro sin precedentes en nuestra historia. Sin embargo, ni todo el monte es orégano, ni todo el empresariado actúa como tal.




Observando el panorama empresarial español se puede trazar el perfil de nuestro hombre de empresa y, simplificando los rasgos, obtener un  retrato robot que, casi siempre con pinceladas negativas, ilustra cómo son y, sobre todo, qué hacen y dejan de hacer nuestros “emprendedores”, especie flagelada –y mermada- por los rigores coyunturales de la crisis económico-financiera. Simultáneamente, la población de ejemplares “sanos” parece estancada, cuando no en franco retroceso.

Empezaremos la tipología del hombre de empresa contemporáneo español con el empresario-víctima, espécimen abundantísimo en el colectivo empresarial de este país. Su mentalidad es funcionarial, más motivada por la seguridad pasiva que por el trabajo. Sus objetivos son la comodidad y el riesgo cero; la escasa inversión es su medio y, como resultado final, el crecimiento vegetativo. En esta clasificación encajan segundas y terceras generaciones de directivos que nunca han emprendido; simplemente heredaron. Para este orden de la especie empresarial la iniciativa privada, entendida como aventura, estímulo, desafío y oportunidad, es un concepto vacío de contenido que sólo les sugiere apropiación de plusvalía y oportunidad para el negocio fácil. La actividad en la que se muestran diestros y a la que dedican tiempo y esfuerzos vanos es la de apropiarse el papel de víctima. Tampoco le hacen ascos a las peregrinaciones para postrarse en el “lobby” de turno y mendigar subvenciones-limosna. La flexibilidad laboral, mal entendida, es su único caballo de batalla.

El empresario-inconsecuente está en el buen camino pero no es capaz de sacudirse el lastre de los vicios adquiridos. Conocedor de la importancia de la información, las bondades del reciclaje y la imperiosa necesidad de subirse al tren de las nuevas tecnologías, este ejemplar es incapaz de llevar a término las buenas ideas que atesora. Su práctica diaria no es consecuente con una teoría que conoce pero en la que no acaba de creer. La obsesión por el día a día despreciando el análisis a medio y largo término le hacen ineficaz y vulnerable. Habla y dramatiza sobre el acoso de los dragones asiáticos que revientan los precios con productos infames, pero no es capaz de emprender el contraataque o interponer un mecanismo de defensa. En su alucinación buscan el paraguas de papá-Estado, el más nefasto de los empresarios que, en su atolondrada lucha del día a día, va dejando las cargas incómodas por las cunetas.

El empresario vocacional tiene moral de victoria, fe en el futuro, afán de superación, espíritu de aventura y talante solidario. Valora el factor humano porque sabe que no hay barco sin tripulación y, en vez de sobrevivir a cualquier precio, trata de sobresalir en lo que hace. El auténtico empresario produce, vende bien, busca la mejor financiación, se especializa, desarrolla la tecnología del producto, se sirve del marketing, potencia su activo humano, hace cosas diferentes para evitar los caminos trillados. En definitiva, busca la excelencia y no el mero sobrevivir.

Consciente de que es posible caer, pero convencido de que sabrá levantarse, el empresario vocacional trabaja para modificar su entorno y, como hombre de acción, cada día se fija nuevas metas. El hombre de empresa, emprendedor genuino, empresario vocacional, asume retos huyendo de la inacción. Cae, pero se levanta, y vuelve a emprender, porque pone ilusión en cuanto hace, y tiene fe en la victoria. Haciendo honor a su nombre, el buen empresario cada día emprende.

© Manuel Domene Cintas. Periodista