jueves, 20 de junio de 2013

Trabajadores en el matadero

(PL 46) TRABAJO Y SALUD. ALI.A.T.3.USA-poultry.doc. Manuel Domene

La seguridad y salud en la industria cárnica y avícola norteamericana, una asignatura pendiente



 “La línea va tan rápida que no tienes tiempo de afilar el cuchillo. Éste pierde eficacia y tú tienes que hacer más fuerza. Es cuando empiezas haciéndote daño y cuando acabas por cortarte”. Tal es el testimonio de un trabajador de una línea de despiece de carne de Red Springs (Carolina del Norte), recogido en diciembre de 2003 por Human Rights Watch -HRW- (Observatorio de los Derechos Humanos) y publicado, en 2005, en el Informe Blood, Sweat and Fear: Worker’s Rights in U.S. Meat and Poultry Plants. (Sangre, Sudor y Miedo: Derechos de los Trabajadores en las Plantas Cárnicas y Avícolas de EE.UU.).

Todos los testimonios recogidos por HRW ponen de relieve que las compañías de la industria alimentaria norteamericana “se preocupan más de los animales descuartizados que de los trabajadores que efectúan esta actividad”. Así, la incidencia de las lesiones músculo-esqueléticas (M.E.) tiene un ratio siete veces superior al del resto de industrias manufactureras.
Oyendo ciertos testimonios, nos vemos forzados a preguntarnos si los mataderos sólo sacrifican reses y pollos...

La seguridad laboral no cuenta
“Nuestra investigación -dice el Observatorio- revela una situación donde la presión por maximizar la producción acarrea la generalización de lesiones y accidentes, y en la que las agencias gubernamentales priorizan la producción en detrimento de la seguridad laboral”.
Casi todos los trabajadores entrevistados para el Informe de HRW “lucían” señales físicas de graves heridas producidas en las salas de despiece de carne y aves. La velocidad de las líneas automatizadas que transportan los animales para el despiece es excesiva para la seguridad del trabajador, que sufre un enorme estrés traumático por la repetición de miles de secuencias de corte en cada turno de trabajo.
Las peores consecuencias son para las manos, muñecas, brazos, hombros y espalda. Con frecuencia, los trabajadores están hacinados en la línea, lo que crea riesgos adicionales para cada individuo y sus compañeros. Por lo general, reciben un corto entrenamiento y no siempre se les provee con el equipo de seguridad que necesitan. Para completar este sombrío panorama, la práctica generalizada de las empresas es exigir la realización de horas extras, con el riesgo de despido si se el trabajador se niega a prolongar su extenuante jornada de trabajo.
Para los empresarios de la industria cárnica norteamericana esta situación es normal, “una parte natural del proceso de producción” en el que la seguridad del trabajador es un “no-factor”, un asunto secundario, cuando no intrascendente.
Existen normas internacionales sobre la velocidad de las cadenas de procesado, el entrenamiento o el empleo de EPI. “Sin embargo, la legislación norteamericana no consigue que los empresarios de la industria cárnica cumplan los estándares internacionales de seguridad y salud en el trabajo”, señala el informe de HRW.

Trabajo intrínsecamente peligroso
Hay que rendirse a la evidencia que el trabajo en los mataderos cárnicos y avícolas es notablemente peligroso. Las lesiones se reflejan en cicatrices, hinchazones, sarpullidos, amputaciones, ceguera y otras afecciones. Como dice el informe del Observatorio de los Derechos Humanos, refiriéndose a los trabajadores entrevistados, y que exhibían las lesiones ya citadas, “al menos, ellos sobrevivieron”.
Uno de los peligros deriva de la presencia de productos químicos. Un colectivo que los sufre especialmente es el de los limpiadores del turno de noche, personal tan indocumentado como ajeno al tipo de sustancias que maneja, y cuya mezcla puede tener graves consecuencias. El informe de HRW documenta lesiones en este personal como amputación e hinchazones y especifica que “estas graves lesiones son sólo la punta del iceberg de miles de laceraciones, contusiones, quemaduras, fracturas, pinchazos y otras formas de lo que la profesión médica llama ‘lesiones traumáticas’, distintas de las consideradas endémicas y que son los movimientos repetitivos y los desórdenes músculo-esqueléticos”.
Lo peor desde el punto de vista preventivo es que todo este caos apocalíptico, difícil de imaginar asociado a un país, abanderado de tantas causas como es Estados Unidos, se asume como parte del sistema operativo. El sacrificio y descuartizado de animales es intrínsecamente peligroso, pero los peligros se ven acentuados por las “opciones operativas” de las empresas. Los márgenes de beneficio por pollo o por corte de carne son muy bajos (a veces, céntimos de euro). Así, la ventaja competitiva reside en forzar el mayor volumen de producción en el mínimo tiempo posible. Ello lleva a las industrias a sacrificar la salud y seguridad del trabajador. El Observatorio de los Derechos Humanos sentencia con rotundidad que “en la industria del procesado cárnico y avícola, la búsqueda de métodos más rápidos y mejores para sacrificar y procesar la carne es implacable. Y poner a los trabajadores en grave riesgo es, muchas veces, un cálculo consciente”.
Dichas tácticas persiguen aumentar el tiempo de trabajo. A continuación repasamos los riesgos más comunes en la industria de la transformación cárnica de Estados Unidos.

La velocidad de las líneas automatizadas que transportan los animales para el despiece es excesiva para la seguridad en un trabajo que es intrínsecamente peligroso

Velocidad de la cadena
Los mataderos tratan de maximizar el volumen de animales que despachan aumentando la velocidad de proceso. La velocidad es directamente proporcional a los beneficios. De todos modos, pese a la relación directa entre velocidad de la cadena y lesiones, las autoridades federales no han hallado motivo para establecer velocidades compatibles con los criterios de seguridad y salud.
Los trabajadores desarrollan su labor en medio de maquinaria automática que mueve los pollos a velocidades que son difíciles de imaginar. Son miles de pollos por hora a los que los trabajadores deben asestar cortes precisos valiéndose de herramientas punzantes, cuchillos y otros útiles de trabajo.
HRW informa que los trabajadores entrevistados invariablemente citaron la velocidad de las cadenas como el principal foco de peligro. “La cadena va tan rápida que no da a los animales suficiente tiempo para morir”, declaraba un trabajador de un matadero de reses. Al final de su turno, los trabajadores apenas pueden moverse, exhaustos de convertir animales vivos en transformados cárnicos.
El despiece de aves es aún más frenético. Los trabajadores de la cadena efectúan más de 20.000 cortes repetitivos en una jornada laboral; están peligrosamente hacinados mientras pugnan por mantener el ritmo que impone la línea. Las estadísticas de OSHA (Occupational Health and Safety Administration) del año 2000 revelaron que más del 14% de los trabajadores de mataderos avícolas había sufrido heridas en su trabajo, doblando el promedio de todas las industrias privadas. Los trabajadores avícolas tienen también 14 veces más posibilidades de sufrir afecciones invalidantes provocadas por traumas repetitivos, como la “mano-garra” (en la que los dedos dañados se cierran en una posición contraída) y quistes ganglionares (depósitos líquidos bajo la piel).

Espacios “mono-talla”
Los trabajadores manejan utillaje peligroso en espacios reducidos. A lo que hay que añadir que la altura de la mayoría de cadenas de despiece y superficies de trabajo, así como el espacio entre los trabajadores es de talla única. Los trabajadores que son más altos, más bajos o más corpulentos se ven obligados a hacer esfuerzos adicionales, ocasionando riesgos extras para ellos y sus compañeros. Un trabajador explicó: “las personas tenemos diferencias físicas, pero el instrumental y la mesa de corte son idénticos para todo el mundo. Los bajos tienen que estirarse, forzando su espalda y hombros. Los altos tienen que agacharse, con lo que dañan la espalda y los hombros. Todo el mundo sale de la planta dolorido y entumecido al final del turno de trabajo”.
La fuerza y dirección de los cortes es impredecible, exige toda la pericia del trabajador, la sucesión de pollos es inacabable... pero en este contexto la ergonomía sólo es un concepto teórico, tan inexistente como la regulación de la velocidad de la cadena.

Manejo de cargas pesadas
A pesar de los avances en automatización, muchos puestos en la industria alimentaria se ven obligados a levantar, empujar o voltear animales pesados o sus partes, cuando no sierras u otro equipo de trabajo.
En el despiece avícola, los “colgadores” levantan continuamente pollos para suspenderlos en ganchos de la cadena y comenzar el sacrificio y descuartizado. La labor de colgar los pollos no es fácil por la lógica resistencia de los animales. Los trabajadores deben llevar conos de plástico en torno a los antebrazos para protegerse del desesperado ataque de las aves.

Sangre, sudor y miedo es un informe nacional sobre las violaciones de los derechos de los trabajadores en los mataderos y las industrias cárnicas y avícolas de Estados Unidos
Condiciones de trabajo insalubres o inseguras
Cualquiera que sea el equipo de protección suministrado, inevitablemente los trabajadores entran en contacto con la sangre, grasa, heces del animal, ingesta (comida del sistema digestivo del animal), y otros detritus de los animales sacrificados. Con frecuencia, se producen condiciones insalubres en las plantas, que ponen en peligro tanto a los trabajadores como a los consumidores. Las dermatitis y las infecciones de las uñas son afecciones comunes de los trabajadores de la industria alimentaria a las que los empleadores norteamericanos parecen conceder poca importancia.
Los resbalones y las caídas en las condiciones de humedad de los mataderos son otro peligro y fuente de lesiones. Según un analista, son muy numerosas las lesiones, por estrés repetitivo, del cuello y la parte alta de la espalda, lesiones del túnel carpiano en manos y brazos, sobre-carga de la cintura. Tampoco son infrecuentes las lesiones en piernas y la rodilla debido a resbalones en superficies deslizantes. Otro padecimiento es el llamado “síndrome de la habitación fría”, que provoca que las manos y las articulaciones de los trabajadores se vean afectadas por trabajar con frío constante.

Extenuantes jornadas laborales
Existe consenso entre los expertos sobre el hecho que los turnos largos de trabajo son menos seguros para los trabajadores que los turnos cortos. El riesgo se incrementa proporcionalmente al tiempo de trabajo. Así, se estima que, al final de una jornada de 12 horas, el riesgo sería más del doble del que se produciría al final de una jornada de 8 horas.
Los trabajadores de la muestra de HRW coincidían en que “la última hora del turno es dura. Te encuentras cansado y es difícil concentrarse. Entonces tu supervisor te pide que te quedes a hacer horas extras. Eso es lo más peligroso”. Sin embargo, los mismos trabajadores admiten que “no descartamos las horas extras. La gente las acepta. Necesitamos el dinero”.
El Observatorio también aporta otros testimonios, como el de un especialista en salud de una clínica de Northwest (Arkansas), que presta sus servicios a los trabajadores de los mataderos avícolas. Según el mismo, existen “problemas relacionados con la estricta imposición de horas extras de trabajo en las plantas. Los pacientes me explican que tienen que trabajar de diez a doce horas diarias, seis días a la semana. Detecto muchos problemas psicológicos además de las lesiones físicas. Este implacable sobreesfuerzo es causa de fatiga y depresión en muchos de los pacientes”.
En la situación descrita es difícil conciliar vida laboral y familiar: muchos trabajadores se sienten culpables por no atender debidamente a sus hijos, pero si se niegan a trabajar las horas extras, saben que serán despedidos, y que, con ello, empeorarán las circunstancias familiares. Como dice el informe “lo que está pasando con estas tácticas es que las empresas consiguen trabajo más barato, maximizan su producción, y traspasan los costes sociales a la comunidad”.

Escasez de adiestramiento y equipo
Numerosos trabajadores explicaron a Human Rights Watch que recibieron un mínimo entrenamiento antes de incorporarse al trabajo y que las compañías no son generosas con el equipo de protección. Las empresas, en cambio, contradicen a los trabajadores y afirman que “la formación incluye el uso adecuado de las herramientas y el equipo de protección”.
Lo cierto es que el equipo es escaso, y los trabajadores, tras el visionado de un video, se incorporan a la línea de trabajo con la consigna poco específica de “hacer lo mismo que el trabajador que está a su lado”. Los trabajadores más experimentados tampoco tienen tiempo ni oportunidad de adiestrar a sus nuevos colegas, y los empresarios no ofrecen prima alguna a quienes se responsabilicen de formar a los nuevos trabajadores.
Respecto al uso del equipo de seguridad no existe una política consistente en el país. Algunas compañías cobran el equipo al trabajador deduciéndolo del salario. Otras suministran equipo inicialmente, pero cobran las sustituciones a los trabajadores. La industria se ha resistido, con éxito hasta la fecha, a las propuestas que les exigen proporcionar EPI sin coste alguno a sus trabajadores. Las propuestas de OSHA para equipar gratuitamente a los trabajadores han sido aparcadas por la Administración Bush, y tampoco se ha hecho nada para adoptar la nueva normativa sobre EPI.
El caso de los limpiadores, que usan productos químicos peligrosos, también es harto sintomático. Según declaran, la compañía les provee de guantes y protección ocular, pero ellos tienen que comprarse las botas, con el agravante de no conocer los productos químicos que manejan. En el mejor de los casos les han mostrado videos de cómo efectuar la limpieza, pero no han recibido ninguna información sobre técnicas de protección de los productos químicos que emplean. Las Fichas de los Datos de Seguridad de los productos químicos son absolutas desconocidas. “Mis supervisores nos mezclan los productos químicos. No tengo idea de lo que es una Ficha de Datos de Seguridad”, suele ser la respuesta del trabajador.
En una industria en la que el tiempo es oro, los accidentes incomodan, más por sus implicaciones económicas que humanas, como cabía suponer. Para ilustrarlo, el comentario de un trabajador: “cuando me accidento, mi supervisor empieza a preguntarme qué es lo que hice mal. Ellos nunca llegan a la raíz del problema, las condiciones del matadero.
Están más interesados en cubrir el expediente que en ayudar a la gente que se accidenta”.
Otro testimonio, de un matadero vacuno de Nebraska, señalaba a HRW que “la compañía tenía un comité de seguridad que era una mera fachada, una broma (...). No existía ningún respeto para el trabajador. Una vez la compañía fue multada por violaciones de la seguridad, y el gerente nos dijo: ‘tened cuidado o tendremos que pagar más multas’. No nos dijo que tuviéramos cuidado para que nadie resultase herido”.
En cuanto a la ergonomía, la batalla será larga, ya que las empresas están aplicando una táctica dilatoria basada en la afirmación de que “son las personas y no el trabajo”... Se ignora así, groseramente, la carga de trabajo, su organización, la calidad de las herramientas y el sufrimiento humano ante una cadena que no se detiene y que, con demasiada frecuencia, sacrifica mucho más que ganado y pollos.

DESPIECE 1
Sangre, sudor y miedo...

Los trabajadores de mataderos y plantas de procesamiento de carne de vacuno, cerdo y aves de Estados Unidos realizan trabajos peligrosos en condiciones difíciles. El despacho de una oleada incesante de animales y aves que llegan a las cadenas de los mataderos y las zonas de cuelgue siempre ha sido una tarea peligrosa y agotadora. 
El trabajo del procesado de carne tiene tasas extraordinarias e innecesariamente elevadas de lesiones, problemas músculo-esqueléticos (lesiones por esfuerzos repetidos) y hasta muertes. Sean cuales sean los peligros inherentes a este tipo de trabajo, éstos se ven agravados por la velocidad siempre creciente de las cadenas, la formación inadecuada, el corte a mínima distancia y los largos horarios con pocos descansos.
Pero los trabajadores de esta industria se enfrentan a algo más que el trabajo duro en condiciones adversas. Se enfrentan con un trato y unas condiciones que violan sus derechos como personas. Los empleadores exponen a los trabajadores a un riesgo predecible de graves lesiones físicas, a pesar de que los medios para evitar dichas lesiones son conocidos y viables. Frustran los intentos de los trabajadores de obtener compensación por lesiones laborales cuando éstas se producen. Bloquean agresivamente los esfuerzos de los trabajadores a organizarse y ejercer sus derechos sindicales. Explotan las vulnerabilidades de una mano de obra, con predominio de inmigrantes, en muchos de sus centros de trabajo. No se trata de deslices ocasionales de empleadores que no prestan suficiente atención a las políticas modernas de gestión de recursos humanos. Se trata de violaciones sistemáticas de los derechos humanos en el mercado de trabajo de la industria cárnica y avícola, una industria en la que campa la sangre, el sudor y el miedo.


DESPIECE 2
Cadenas perpetuas
El caso español difiere, por fortuna, del de Estados Unidos, aunque algunos detalles, como el trabajo a destajo impuesto por la cadena es inevitable aquí también.
Hay cadenas que no parecen acabarse nunca, como las de envasado de naranjas o de despiece de aves, donde cada pieza deja paso a una nueva en una sucesión interminable.
Una encajadora de naranjas maneja unos 150 kilos por hora, lo que representa unas 775 naranjas, que acaban siendo más de 6.000 en una jornada de ocho horas. En plena temporada, con jornadas de 10 o 12 horas, pasarán por las manos de la encajadora entre 8.000 y 9.000 naranjas cada día. Los comentarios ponen de relieve las múltiples molestias que implica ese trabajo en cadena. Molestias que son silenciadas por quienes las sufren porque, como dice Catalina Fogués, veterana encajadora y sindicalista, “hay mucho miedo... A que no te llamen, a que te tomen manía. Ahora parece que va desapareciendo un poco”.
Pere Boix, médico, (ISTAS) precisa que las encajadoras “realizan su trabajo de pie permanentemente. Mantener una postura durante mucho tiempo no es conveniente para el esqueleto; por otra parte, están realizando movimientos repetitivos con las manos, utilizando pocos músculos o utilizándolos a gran velocidad, probablemente se les cansa la vista porque están prestando una atención visual permanente sobre su trabajo. Probablemente están soportando el ruido que conlleva el funcionamiento de la cadena. En la mayoría de los casos el microclima no es el adecuado, con frío o calor excesivos. Todo esto actúa a la vez sobre la persona y desencadena no ya patologías concretas que podamos definir clínicamente, sino lo que podemos definir como desgaste de la salud por el trabajo”.
En los mataderos, que han sido objeto de estudio por parte del Instituto de Biomecánica de Valencia (IBV), el trabajo repetitivo se vive a lo largo de todo el proceso, que se inicia al colgar los pollos de la cadena, una de las tareas más duras. La cadena trabaja con una cadencia de 4.000 ejemplares por hora. La mayoría de los operarios toca uno de cada dos pollos; el ritmo de la cadena es de cinco pollos cada cuatro segundos. Por las manos de un operario pasan de 20.000 a 30.000 pollos cada noche. Las pausas son tan esperadas que provocan carreras por los pasillos camino del lavabo. Las molestias más comunes son dolores de espalda, brazos, muñecas...
La intención de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales es mejorar ese estado de cosas, aunque los cambios siempre quedan por debajo de las expectativas de trabajadores y prevencionistas. Pere Boix ha señalado repetidamente que “la ley habla específicamente de que el empresario deberá hacer lo posible para atenuar el trabajo monótono y repetitivo, que es el origen de los problemas que estamos tratando”.
Por su parte, Manuel Baselga, licenciado en medicina y cirugía, y experto en salud laboral, entiende que “se trata de hacer el trabajo bien. Es cuestión de saber aplicar las pausas, instrumentos, diseño, adecuación, ergonomía. Las soluciones son previsibles al 100%, sólo hace falta la voluntad de prevenir”.