sábado, 9 de julio de 2011

El síndrome postvacacional y los riesgos laborales emergentes

(PL 49) TEMAS de ACTUALIDAD. T.A.SindPostvacacional.doc. Manuel Domene. Palabras: 3.692


La vuelta al trabajo y todo lo que comporta (prisas, cansancio, atascos, ruidos, rutina, presiones laborales, estrés, etc.) se hace especialmente difícil. Conocemos este síndrome emergente -que se va haciendo endémico en la población- como “depresión postvacacional”, La misma se caracteriza por una reactividad psicológica en la que son prevalentes las sensaciones de hastío y cansancio, desencanto, inhibición, anhedonia (incapacidad de experimentar placer), tristeza, malestar general, ansiedad, fobia social, etc. Es un problema transitorio, a decir de los psicólogos, que, sin embargo, puede convertirse en algo más preocupante.

El conocido como síndrome postvacacional afecta a un 40% de la población, pero puede sufrirlo cualquier persona al reincorporarse al trabajo. Los psicólogos caracterizan esta dolencia como el “cansancio que provoca la reincorporación al trabajo, cansancio -y cúmulo de sentimientos- que pueden llegar a provocar depresión”.

El trauma del cambio

Estamos hartos de oír aquello de que somos “animales de costumbres”. Quizás por eso, los cambios -especialmente si son a peor- son fuentes de conflicto y traumas.
Según la psicóloga Leonor Casalins, el síndrome postvacacional tiene su origen en el cambio de biorritmos de la vida cotidiana. El fin de las vacaciones supone una alteración del ritmo (supuestamente placentero) para recuperar nuevamente la rutina, más aburrida y con las dificultadas habituales. Para los psicólogos, este síndrome habría existido siempre, aunque ha sido ahora -coincidiendo con unas mayores aspiraciones hedonistas de la sociedad- cuando le hemos puesto nombre. “Ahora la vida va más deprisa, hay más estrés..., por ello se habla más de este tema. Los más propensos a sufrir este síndrome son aquellos que, de antemano, ya tienen algún tipo de problemática o depresión”, subrayan los psicólogos.

Perfil del afectado

El síndrome postvacacional suele afectar a personas jóvenes, menores de 40-45 años, que experimentan una ruptura brusca del ritmo vacacional cuando se incorporan al trabajo sin la adecuada transición (espacio físico-temporal de readaptación). También suele presentarse en aquellos que tienden a idealizar el periodo de vacaciones como la culminación de su bienestar personal. También son propensos los que presentan de forma habitual malestar o disconfort con su trabajo y en la actividad laboral cotidiana, así como los afectados por el síndrome de burn-out (“los quemados”), que tienen problemas de agotamiento psicológico o sienten desencanto con el trabajo que realizan. 
Asensio López Santiago, vicepresidente de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC), precisa que el síndrome postvacacional no es preocupante, aunque si el malestar no desaparece transcurridos los primeros 7-10 días, “es necesario que el afectado acuda a la consulta de su médico de familia para descartar problemas de otra naturaleza, que requerirían una atención diferente”.
Parece ser que existe disparidad de respuesta al síndrome entre hombres y mujeres. “El periodo de adaptación suele ser más corto para el hombre que para la mujer, ya que éste suele tener más facilidad para relacionarse con los compañeros que las mujeres, que suelen mostrarse más reservadas a la vuelta de las vacaciones”, señala Amable Cima, profesor de Psicología de la Universidad CEU San Pablo. Asimismo, el tránsito a la rutina cotidiana afectaría especialmente a la “salud” de las parejas, ya que en este periodo se producen más rupturas sentimentales.

La adaptación laboral

Tras el paréntesis vacacional, volvemos a toparnos con las obligaciones laborales (¡y familiares!), con un estilo de vida muy peculiar (trabajo, casa, dormir, etc.) y con menos horas de sol. Esto conduce a alteraciones conductuales tales como irritabilidad, apatía, falta de atención, tristeza, cansancio físico y psíquico, anergia y adinamia. Estas perturbaciones que experimentamos tras el período vacacional pueden ser más intensas en individuos especialmente predispuestos o vulnerables. A esto hay que añadir que aproximadamente un 70% de las personas no se sienten cómodas en sus trabajos. En estos casos, la inadaptación crónica al puesto de trabajo es un terreno abonado para la aparición del síndrome postvacacional.
En cualquier caso, todos nos vemos obligados a digerir un cambio hacia rutinas menos gratas. Ello puede ser el motivo para la aparición del síndrome... u otros cuadros (más o menos clínicos) que se han gestado durante las vacaciones. Por puro tópico, asociamos este periodo del año con una atmósfera de paz y tranquilidad, algo que no siempre es cierto, como se ha apuntado en el hecho de las rupturas sentimentales. Las vacaciones pueden estar llenas de tensión dependiendo del contexto y la circunstancia particular de la familia. El mayor contacto con todos los miembros, la incapacidad de disfrutar o divertirse, el abuso del alcohol y el tabaco, los gastos económicos, los ruidos, el calor, la masificación en las carreteras y en las playas, los cambios alimentarios con posible déficit en los principales micro-nutrientes, las posibles intoxicaciones alimentarias, etc., son variables que se entrecruzan y llegan a producir paradójicamente el “distrés vacacional”. La bomba de relojería puede explotar -si no lo hizo antes- al chocar nuevamente con la triste y cruda realidad cotidiana que nos anuncian el despertador y las obligaciones laborales.

La adaptación psicológica

En realidad, siempre hay un problema de adaptación al cambio en uno u otro sentido, como nos recuerda el Síndrome General de Adaptación, (SGA), descrito por Hans Selye. La adaptación requiere un elemento esencial: el paso del tiempo, que no será el mismo para todas las situaciones ni para todas las personas.
Si difícil es volver, tampoco es fácil empezar el descanso vacacional: pasar de una situación de alta tensión laboral y de un esfuerzo sostenido a estar tumbado ocho horas en la playa exige una especial adaptación conductual y elevadas dosis de flexibilidad mental. Dicho con una expresión coloquial y muy conocida: “nos cuesta desconectar”. Hay quienes se preocupan por el statu quo de las cosas cuando vuelvan a su puesto (incertidumbre sobre el futuro). Asimismo, encontramos a aquellos lamentables “adictos al trabajo” que, gracias a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), siguen permanentemente conectados a su trabajo como si se tratara de una cuestión de vida o muerte.
Sin duda, en todas estas situaciones está aflorando un Síndrome General de Adaptación (SGA) provocado por el animal de costumbres que llevamos dentro.
Cuando empezábamos a aclimatarnos a nuestro estado vacacional, se acaba nuestro tiempo de asueto. Diferentes señales nos lo han anunciado a nuestro pesar: el cambio del tiempo, el acortamiento de los días, el disminuido saldo de la tarjeta de crédito...).
De nuevo, disipado el “elixir” vacacional, y como por arte de magia (negra), volvemos a enfrentarnos a la realidad menos festiva: la carretera, el tráfico, las facturas, los colegios (con todos los gastos adicionales), los niños, las comidas, las tareas del hogar, ... y ese etcétera particular que soporta cada hijo de vecina -y sólo él mismo conoce.
La vuelta será tanto más dura si desde el primer día deseamos obtener un pleno rendimiento socio-laboral. Es un error cargarse precipitadamente de trabajos, proyectos y programas. “Las vacaciones han de constituir una fuente de energía para el resto del año, pero siempre de forma positiva”, nos recuerdan los psicólogos. En definitiva, la vuelta al trabajo necesita un periodo de adaptación, un pre-calentamiento, tal y como si fuéramos motores, y motores que han de afrontar una larga prueba de resistencia. No interesa la prestación pura, sino la resistencia. Por supuesto, hemos de asumir que el cambio tiene su inercia, por lo que no puede ser radical: ayer en la playa y hoy en la oficina o el taller.

Síntomas físicos y psíquicos

Entre los síntomas, ya aludíamos al cansancio. La lista incluiría, además, falta de apetito, somnolencia, falta de concentración, taquicardia, dolores musculares, molestias en el estómago, sensación de falta de aire e insomnio, palpitaciones, mareos y sudaciones,  dificultades para pensar o concentrarse, pérdida de memoria, debilidad muscular... En el apartado psicológico, también pueden presentarse signos o trastornos como falta de interés, irritabilidad, nerviosismo, inquietud, indiferencia, apatía, abulia, melancolía, fobia social, angustia, síntomas depresivos, profunda sensación de vacío, etc.
Hay soluciones para los dos tipos de síntomas. Según el vicepresidente de semFYC, “para corregir las alteraciones de carácter físico, el paciente debe regular los horarios y el reloj biológico los días previos a iniciar el trabajo. Para ello es preciso acostarse en los horarios habituales y ser prudentes con el tiempo dedicado a la siesta. Es bueno dejarse al menos dos días del final de las vacaciones como periodo de adaptación. En el caso de que sea posible, es aconsejable regular progresivamente la intensidad de la actividad que se realiza en el trabajo. También es importante dormir más horas los primeros días de incorporación al trabajo, con un horario bien regulado”.
En el plano psicológico, el doctor López Santiago recomienda huir de los tópicos, es decir “desterrar la idea o sensación de que las vacaciones son un estado absolutamente opuesto al periodo de trabajo, y por tanto que uno es sinónimo de placer y el otro lo es de malestar y sufrimiento”. También conviene relativizar las cosas. Al respecto, López Santiago añade que “es necesario asumir que se trata de un malestar propio de los primeros días y evitar darle demasiada importancia; no se puede estar en una actitud de queja y malestar permanente. Por eso es aconsejable, por un lado, planificar actividades gratificantes para los días laborales, buscando un tiempo para el ocio, y por otro lado, afrontar la vuelta al trabajo como un nuevo periodo vital en el que se pueden desarrollar nuevas tareas para el desarrollo personal. Si la persona ya tiene los síntomas, debe tener en cuenta que no es el mejor momento para tomar decisiones importantes sobre su futuro laboral”.

El coste psicológico del síndrome postvacacional

Con lo que ya llevamos dicho sobre el síndrome postvacacional hemos podido desechar todos la idea de que dicho síndrome era un episodio más o menos anecdótico en la vida de algunos “inadaptados”, que aparecía periódicamente con la vuelta al trabajo.
El síndrome postvacacional es un fenómeno serio por su alcance, y puede vaticinarse, sin riesgo al equívoco, que pronto será incluido entre los riesgos emergentes en el mundo del trabajo. El “calvario” de la vuelta a la rutina laboral es la punta del iceberg: tensos y cansados, angustiados y desmotivados, los trabajadores rinden mal; la productividad baja, el absentismo laboral aumenta y, paralelamente, la frecuencia de ciertas enfermedades se eleva.
Un trabajo publicado en el Journal of the American Medical Association pone de relieve que casi un 25% de los trabajadores padecen un estrés muy importante, por lo que tienen el triple de posibilidades de sufrir hipertensión y cardiopatía. De hecho, numerosas sociedades científicas han comenzado a reconocer la importancia de este cuadro clínico que, si se cronifica, puede tener graves repercusiones cardíacas.
Sin la debida atención de los expertos en medicina laboral y el apoyo de programas de intervención psicoterapéutica, el empleado que trabaja en un ambiente tenso, rinde menos, enferma y, a largo plazo, cuesta mucho más (especialmente en lo relativo a su salud personal).
Mal gestionado, el problema añade el coste económico al ya inevitable coste psicológico.

Vacaciones partidas

Prevenir el síndrome postvacacional -aseguran los expertos- es tan sencillo como repartir las vacaciones en varios periodos. Tal es la tesis de la investigadora del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Granada (UGR), Humbelina Robles Ortega. La profesora Robles Ortega destaca que fraccionar las vacaciones por quincenas “nos servirá para evitar saturarnos; la sensación de estar de vacaciones se alargará, y además, los cambios en los hábitos no serán tan drásticos y permanentes, por lo que la incorporación no será tan traumática”.
Es difícil hablar de estrategias terapéuticas que no sean las de cuidar el “capital humano” de nuestras empresas contribuyendo a la auto-realización de las personas. En ese sentido, sería deseable el desarrollo, por parte de las empresas, de acciones preventivas específicas integradas en sus programas de salud laboral. Una excelente medida es hacer jornada intensiva la semana de la reincorporación laboral, una especie de balón de oxígeno para propiciar el tránsito ordenado del ocio veraniego al trabajo de todo el año. Ello puede moderar la respuesta psico-biológica del trabajador, un mecanismo de defensa y adaptación brusca que se exterioriza con los síntomas ya descritos.
Abundando en las estrategias terapéuticas, los expertos recomiendan que “las vacaciones estén bien diseñadas (adaptadas a las posibilidades e intereses individuales y familiares) de modo que podamos conseguir un descanso ‘activo’, que mantenga la mente despierta para disfrutar de las vacaciones sin que cueste tanto volver al trabajo”. Una lista de auto-ayuda incluirá las siguientes medidas:
-Procurar que los primeros días de la vuelta al trabajo sean muy agradables.
-Marcarse metas racionales huyendo de proyectos monumentales.
-Introducir cambios progresivos en el ritmo y rendimiento laboral, manteniendo una actitud fundamentalmente positiva.
-Evitar auto-diálogos negativos (comida de coco, en términos coloquiales).
-Potenciar hábitos positivos adquiridos durante las vacaciones (comunicación, diversión, ocio, sentido del humor, práctica deportiva, etc.).
-Huir del exceso de compromisos (“reunionitis”, comidas copiosas, abuso de café, alcohol y tabaco, etc.).
Se trata, en suma, de estrategias sencillas, aunque de probada eficacia -puedo dar fe de ello- para neutralizar el temido síndrome postvacacional. Si no capeamos bien el temporal, lejos de abandonarnos a nuestra suerte y convertirnos en sufridores del síntoma y sus consecuencias, deberemos buscar ayuda especializada. Siempre podremos recurrir al tratamiento individualizado psico-terapéutico, e incluso psico-farmacológico.
Como en cualquier otro conflicto psicológico, la actitud es determinante. El vicepresidente de la SemFYC, Asensio López Santiago, destaca la importancia de adoptar una actitud positiva ante el fin de las vacaciones y de evitar “centrarse en las molestias, porque se genera una preocupación desmedida”. Ya saben: ¡Al mal tiempo, buena cara!

*Manuel Domene. Periodista.

Frases destacadas
El síndrome postvacacional es frecuente entre personas jóvenes, que experimentan una ruptura brusca del ritmo vacacional y se incorporan al trabajo sin transición, y en aquellos que están desencantados con su trabajo

La Asociación Nacional de Entidades Preventivas Acreditadas (ANEPA) estima que el 35 por ciento de los trabajadores españoles de entre 25 y 40 años sufre los síntomas más graves de esta dolencia

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Riesgos emergentes

El trabajo es, en sí mismo, una fuente de conflictos para una buena parte de la población laboral. Un trabajo muchas veces impersonal, frustrante, rutinario, que impide el desarrollo personal, la auto-realización y un estilo de vida más armonioso, saludable y social, así como la incertidumbre en el puesto de trabajo, la frustración laboral y la falta de expectativas conducen a numerosos trastornos psico-somáticos. La vuelta de las vacaciones puede ser el momento para su eclosión.
Por otra parte, el síndrome postvacacional también puede ser, en determinados casos, mecanismo de defensa y señal de alarma frente a una situación de riesgo laboral. En ocasiones, dicho riesgo laboral ni siquiera estará tipificado como tal, ya que pertenece al grupo de los denominados riesgos emergentes. De hecho, el síndrome postvacacional es uno de ellos.
Abundamos un poco más en dichos riesgos, que pueden aportar luz sobre las conductas de personas que muestran fobia o miedo por la vuelta al trabajo.
Entre los riesgos emergentes, la Agencia para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (ASST), destaca los siguientes:

·         Falta de ejercicio físico
La falta de ejercicio físico se debe a una mayor utilización de pantallas de visualización de datos (PVD, en sus siglas en español) y de sistemas automáticos, lo que desemboca en un aumento del tiempo que se está sentado, y al hecho de que cada vez se pasa más tiempo sentado al realizar viajes de negocios. Según una reseña bibliográfica, los trabajos en que se desarrolla escaso ejercicio físico y se registra una alta prevalencia de trastornos músculo-esqueléticos (TME) implican por lo general estar sentado mucho tiempo. Por otro lado, también los puestos de trabajo donde se pasa largo tiempo de pie son fuente de preocupación. Los efectos que esto tiene para la salud son trastornos músculo-esqueléticos que afectan a las extremidades superiores y a la espalda, venas varicosas y trombosis venosa profunda, obesidad, así como determinados tipos de cáncer.
·         Exposición combinada a TME y a factores de riesgo psicosociales
Los aspectos psicosociales negativos acentúan los efectos de los factores de riesgo físicos y contribuyen a que los trastornos músculo-esqueléticos tengan una mayor incidencia. La bibliografía actual se centra en los puestos de trabajo en los que se utilizan unidades de visualización, en los centros de llamadas (los llamados “call-centers”) y en el sector de la sanidad. Los factores psicosociales contemplados son: una excesiva o una insuficiente demanda del trabajo, realización de tareas complejas, presión debida a los plazos, control bajo de las tareas, bajo nivel de decisión, escaso apoyo de los compañeros, inseguridad y acoso laboral.
La exposición combinada a trastornos músculo-esqueléticos y a factores de riesgo psico-social tiene unos efectos más graves sobre la salud de los trabajadores que la exposición a un único factor de riesgo.
·         La complejidad de las nuevas tecnologías y los interfaces hombre-máquina (tecnoestrés)
Las características físicas de los puestos de trabajo, tales como un mal
diseño ergonómico de los interfaces hombre-máquina, aumentan la tensión mental y emocional que sufren los trabajadores y, por lo tanto,
la incidencia de los errores humanos y el riesgo de accidentes. Los interfaces hombre-máquina “inteligentes” pero complejos se encuentran sobre todo en la industria aeronáutica, en el sector de la sanidad (cirugía asistida por ordenador), en camiones de gran tonelaje, en maquinaria de movimiento de tierras (por ejemplo, palancas de mando de cabina) y en la industria manufacturera altamente sofisticada.
·         Riesgos multifactoriales
En el estudio, los expertos hicieron especial hincapié en los riesgos multifactoriales. La bibliografía se centra en los centros de llamadas (Call-center), que últimamente se han multiplicado y que ofrecen nuevos tipos de trabajo con exposición múltiple: mucho tiempo sentado, ruido de fondo, auriculares inadecuados, mal diseño ergonómico, bajo control de las tareas, presión debida a los plazos, alta exigencia mental y emocional.
Las personas que trabajan en los centros de llamadas presentan trastornos músculo-esqueléticos, venas varicosas, enfermedades de la nariz y la garganta, trastornos de la voz, estrés y síndrome de estar quemado (Burn-Out).
·         Protección insuficiente para los grupos de alto riesgo contra los riesgos ergonómicos provenientes de estar mucho tiempo de pie
Este aspecto se aborda repetidas veces en la previsión. Los trabajadores con baja cualificación y malas condiciones de trabajo son quienes, paradójicamente, reciben menos formación y se benefician menos de las medidas de concienciación, por lo que quedan clasificados en un nivel de alto riesgo. Como ejemplo de esto, baste citar a los trabajadores de los sectores de la agricultura y la construcción, que no son conscientes de los riesgos térmicos que conlleva el trabajo en entornos de frío o de calor.
·         Incomodidad térmica
El estudio destaca la falta de medidas contra la incomodidad térmica en los puestos de trabajo industriales, donde, hasta el momento, sólo se ha actuado contra el estrés térmico. Asimismo, se pone de manifiesto que el impacto del confort térmico sobre el estrés y sobre el bienestar de los trabajadores todavía no se ha evaluado como corresponde. La incomodidad térmica puede llegar a disminuir el rendimiento y minar una conducta que respete los preceptos de seguridad, aumentando por lo tanto la probabilidad de que se produzcan accidentes laborales.
·         Aumento general de la exposición a la radiación ultravioleta
Los encuestados se muestran convencidos de que la radiación ultravioleta es un riesgo emergente. Habida cuenta de que la exposición a los rayos ultravioletas es acumulativa, cuanto más tiempo estén expuestos los trabajadores a los mismos durante el horario laboral y fuera del mismo, tanto más sensibles serán a la radiación ultravioleta en el trabajo. Esto implica, por lo tanto, que la necesidad de tomar medidas preventivas en el lugar de trabajo registra un aumento potencial.
·         Exposición combinada a las vibraciones, a las posturas forzadas y al trabajo muscular
Considerada normalmente riesgo “tradicional”, la vibración es ahora
objeto de una mayor atención gracias a la Directiva 2002/44/CE (2).

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Los “alcohólicos del trabajo”

Se dopan con el trabajo (su nombre procede del modismo inglés ‘work-aholic’). Los adictos al trabajo son la otra cara de la moneda del déficit de adaptación; son personas a las que les cuesta desengancharse de sus rutinas laborales.
La conducta de los adictos al trabajo que, por supuesto, no descansan y continúan durante sus vacaciones con el “chip” de su vida laboral, es preocupante y derivaría, en buen número de casos, del Síndrome General de Adaptación (SGA). Vía fax e internet están continuamente conectados a su trabajo; pasean por la playa con su móvil, obteniendo continuamente información como si estuvieran en la vorágine laboral de su despacho. Son “alcohólicos del trabajo”, impulsivos y compulsivos que necesitan trabajar en todo momento, extremadamente obsesionados y perfeccionistas que pueden ser considerados como el “ideal” para la empresa, pero que, a medio o largo plazo, pueden constituir un colapso para la organización empresarial y también para su propia salud.
Naturalmente, este colectivo, que vive por y para el trabajo, no sufre con el retorno de las vacaciones, sino con el inicio (síndrome prevacacional). Sin saberlo, viven en una situación crónica de estrés, por lo que tienen una gran vulnerabilidad a trastornos psiquiátricos, incluida la depresión, necesitando todo tipo de ayuda psicoterapéutica y médica.
Tanto el no saber desconectar del trabajo como el no saber conectar después del descanso son desórdenes de la conducta laboral que requieren la atención de los especialistas por ser unos serios riesgos emergentes.

Pie de Foto Riesgos Emergentes (Call Center)
La vuelta al trabajo puede provocar un síndrome postvacacional, especialmente en determinadas actividades, catalogadas entre los riesgos emergentes

Pie de Foto Riesgos Emergentes (Cuadro)
Entre los riesgos emergentes, encontramos tanto peligros físicos como psíquicos. El cuadro alude a los principales riesgos físicos emergentes para la seguridad y la salud laboral

Pie de Foto Riesgos Emergentes 0
Desembocar en las vacaciones y disfrutar de ellas desde el primer momento es un tópico ya que necesitamos un periodo de adaptación para asumir el cambio

Pie de Foto Riesgos Emergentes 1
La transición a la actividad laboral ha de ser suave y dilatada en el tiempo. No se puede pasar en un día del chiringuito playero a los compromisos laborales



© Manuel Domene Cintas. Periodista.