miércoles, 17 de junio de 2015

Intoxicación digital

¿Somos felices hoy (2015)? ¿Estamos mejor que otras generaciones que nos precedieron?
Nos vamos a dormir con el móvil (comprobando whatsapp, correo u otros); quizás ha sido la tableta –más raramente el ordenador portátil- los que nos han dado las ‘buenas noches’ con el titilar de sus pantallas y el afloramiento incansable de datos. Vivimos poli-informados y poli-violentados.
El wi-fi de nuestro dispositivo detecta en la cabecera de la cama ‘tropecientas’ redes; algunas tienen incluso mayor intensidad de señal que nuestra propia red doméstica. Las radiaciones electromagnéticas de ese entramado invisible de electricidad sucia son las que “velarán nuestro sueño”. Por supuesto, nos cuesta conciliarlo, y ya sabemos por experiencia que no va a ser reparador.  
Despertamos cansados. El despertador se jubiló gracias al móvil. Paramos la alarma y, como tenemos nuestro Smartphone en la mano, lo consultamos. No sabemos exactamente qué buscamos; es una inercia compulsiva la que nos impele por aplicaciones y pantallas sin haber puesto los pies en el suelo.



Estamos en el trabajo. El ordenador nos mantiene comunicados con el ciber-mundo. Entran y salen correos electrónicos mientras trabajamos –o lo intentamos- con nuestra aplicación principal. Recibimos notificaciones de Facebook y de Linkedin y, casi sin querer, nos salimos de nuestro guión y ya estamos leyendo comentarios y contestando comentarios como posesos. “La gente debe aburrirse mucho, para estar siempre emitiendo y re-emitiendo en las redes…”, pensamos. Pero el dedo se nos desliza en el ratón.
Mientras tanto nuestro Smartphone no permanece ocioso, la aplicación de whatsapp está abierta y han entrado varios mensajes de nuestros contactos, junto con una ración extra de mensajes de nuestro grupo preferido… Además, alguno de los corresponsales es de los impacientes y pretende que lo pospongamos todo para contestar a la velocidad del rayo. Los efectos de la cafeína empiezan a diluirse y sentimos que navegamos en un mar proceloso de bits y que no sabemos exactamente qué hacemos, ni por qué estamos enfrascados en una batalla tan desigual, además de estéril.
“¿Se acabaría el mundo si practicase un mutis digital?”. Pero no nos atrevemos. Seguimos on-line mientras intentamos hacer algo de trabajo productivo en nuestro ordenador. El síndrome de las ventanas abiertas (diversas aplicaciones de Windows ejecutándose en paralelo) ya no es nada en comparación con nuestro síndrome actual de la multi-conexión (multi-dispositivo) permanente y poli-tóxica. Siempre tenemos que estar disponibles: nos sentimos víctimas, pero somos incapaces de abortar el flujo de megabytes en circulación.

Hemos caído en el “Phubbing” y estamos ignorando a los que comparten nuestro entorno físico para prestar atención a otros seres ‘autistas’

Adicción-frustración
La compulsión digital deja paso a la frustración: nuestro trabajo real no avanzó mucho, pero nos sentimos terriblemente cansados y nuestra cabeza está próxima a la ebullición. Nos resistimos a creer que nos hemos convertido en adictos a la comunicación por internet, pero hay signos evidentes:
-Dependemos de los dispositivos electrónicos, en especial el Smartphone. Ya dudamos de la viabilidad de la vida sin él.
-Nos pone de los nervios quedarnos sin batería, lo que provocaría la caída de todas las comunicaciones y el vínculo con el ciber-mundo.
-Lejos de mejorar, nuestra relación social real se estanca o retrocede. Hemos caído en el “Phubbing” y estamos ignorando a los que comparten nuestro entorno físico para prestar atención a otros seres ‘autistas’ y situados lejos de nuestro espacio físico. Antes en una reunión, en torno a la mesa, por ejemplo, solíamos disfrutar de una conversación con los otros comensales. Ahora cada uno departe con fruición con lejanos partners, totalmente ajeno al amigo-compañero que tiene a su lado.
En definitiva, estamos sustituyendo los amigos reales por los partners digitales. En plena revolución de las comunicaciones hemos caído en el aislamiento autista (eso sí, un aislamiento en comunicación permanente con el ciber-mundo).
Pero, ¿tiene todo esto algo que ver con la salud laboral? Sin duda: todo lo que afecta a nuestra salud –sólo hay una- afecta al rendimiento laboral, la satisfacción personal y la calidad de vida, que se encuentra en retroceso. No es alarmismo pronosticar que, dentro de poco, los hospitales de referencia van a tener que abrir unidades especiales para el tratamiento de la adicción digital, igual que existen las unidades de ludopatía, deshabituación tabáquica o alcoholismo.

El ‘asalto digital’ de cada día
La adicción digital es un ‘ladrón’. Nos roba tiempo y salud. Nuestra jornada laboral fue poco productiva y, además, estresante. Las maquinitas nos han dominado y coartado la libertad. No hemos hecho lo que queríamos hacer, ni todo lo que teníamos que hacer… Nuestras cervicales están rígidas, los ojos resecos y cansados, los dedos (o zonas de la mano) empiezan a sufrir parestesias (entumecimiento y hormigueo). “¿Qué estoy haciendo con mi salud?” –nos preguntamos entre whatsapp y whatsapp.
Al día siguiente vuelta a empezar. Nos preparamos sin fuerzas para un nuevo ‘asalto digital’. Este tóxico conductual que está imponiendo la ‘sociedad de la información’ mal entendida puede acabar con nosotros, y ya lo vamos captando. La noche anterior, mientras esperábamos que el sueño nos liberase de nosotros mismos, llegamos a pensar que, en cualquier época pasada, la humanidad fue más libre que ahora –y puede que hasta más feliz.

¿Hasta cuándo podremos hacer frente al ‘asalto digital’ diario?